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El presente artículo se realizó en el marco del “5° Taller Global de Investigación-Acción” organizado por Dejusticia en Colombia, cuyo objetivo fue crear un espacio para mejorar las habilidades de escritura e investigación de defensores de derechos humanos del Sur Global, fortalecer relaciones Sur-Sur entre activistas y aumentar la visibilidad de sus trabajos y escritos.

“Este artículo apareció por primera vez en Relatos Anfibios el 16 de enero 2018″

Infancia encarcelada

Los establecimientos penitenciarios de Argentina y de numerosos países de la región están colmados de bebés, niños y niñas de hasta cuatro años.  ¿Su delito? Ser hijos de mujeres condenadas a cumplir una pena privativa de libertad. 

Sin embargo, la presunción de inocencia es sin lugar a dudas, un principio básico del ordenamiento jurídico penal que se encuentra consagrado en el artículo 18 de la Constitución Nacional de Argentina. El mismo significa, entre otras cosas, que nadie puede ser considerado culpable hasta tanto una sentencia firme lo declare como tal. Y por si este no fuese suficiente, el principio de intrascendencia de la pena o de personalidad de la pena aclarar que sólo la persona condenada debe cumplir con ella, y queda prohibido que terceros ajenos al delito sean castigados (Art. 119 CN y Art. 5 inc. 3 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos).

Aún así, el abatido artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos continúa rezando, con desesperanza, que todo ser humano tiene el derecho universal a una vivienda digna y adecuada. Me pregunto, si al momento de decidir incorporar el término “todos”, tal vez se olvidaron de muchos otros. Numerosos acabaron excluidos, entre ellos algunos niños que no sólo no tendrán el derecho a una vivienda digna, sino que deberán contentarse con unos pocos metros de celda dentro de un pabellón carcelario, donde, tras las rejas, permanecerán aislados junto a su madre durante gran parte de su infancia.

El panorama es sombrío. Los únicos medios de escape que se presentan implican una dualidad que, de cualquier manera, resultan desmoralizantes: la posibilidad de que algún familiar los acoja o, como opción menos alentadora y, al cumplir los cuatro años de edad, la obligación de abandonar el establecimiento penitenciario para ser trasladados a otra institución casi tan indigna como la primera. ¿Pero acaso el principio nº 9 de la Declaración de los Derechos del Niño no sostenía que el niño deberá ser protegido contra toda forma de abandono y crueldad?

Cuando conocí la conmovedora historia del pequeño Rodrigo, quien transcurrió desde su nacimiento en una diminuta, oscura y húmeda celda, no me imaginaba lo que significaba ser un “condenado por nacer”. Hoy, ya con sus tres años y medio de edad, el niño no se cuestiona su realidad. Desde siempre, su vida ha transitado dentro de una cárcel, víctima de los errores de su madre. A pesar de ello, sin rencores y con la mirada llena de ilusiones y sueños, Rodrigo no sólo ignora que existe un “afuera” sino que espera deseoso todos los días, el anhelado momento en el cual las rejas de su celda se abren para salir a correr por los oscuros pasillos del pabellón junto a su mamá hacia el patio del penal. Ese es el espacio donde él y los otros niños presos coinciden y ensayan jugar como cualquier otro.

La creatividad es de los exiguos juguetes con los que cuenta Rodrigo y sus (pocos) amigos. Desde una ramita hasta un montículo de tierra son útiles para la diversión. Del resto se ocupa la imaginación. ¿Sus juegos preferidos? Tristemente lo son el “cacheo” o la “requisa”. Estos procedimientos que los niños y niñas observan a diario, consisten en inspecciones tanto personales como de los lugares de alojamiento, y exhiben uno de los temas más sensibles de las cárceles de nuestra región. En un intento por reproducir las prácticas llevadas a cabo por las fuerzas penitenciarias, los niños presos pasan el tiempo imitando, inocentemente, dichas acciones. Para ellos, los parques de diversiones, las plazas y los videojuegos son un mundo desconocido.

-¡Se terminó el tiempo!—anuncian las mujeres de azul celeste, las guardias del penal. Con el alma partida a pedazos, de la mano de su madre, Rodrigo emprende la vuelta hacia la oscuridad de regreso a su celda por los enmarañados pasillos del recinto. A medida que atraviesa una de las pesadas puertas metálicas, otra con el chillido ensordecedor habitual, se va cerrando a sus espaldas. El estridente ruido le ensordece sus oídos. Sin embargo, ya en su celda, el sonido del silencio lo abruma aún más. El niño fija su mirada en aquellos inmensos muros que lo rodean. ¿Se preguntará continuamente que habrá detrás de esas frías paredes?

Rodrigo no goza una infancia normal. Ni siquiera conoce el aroma a chocolate caliente, a un pan recién horneado o al perfume de un campo en primavera. El aire que se respira en la cárcel es distinto. Se trata de una mezcla de olores corporales, comida insípida y fuertes desinfectantes que se utilizan para limpiar los pisos. Su madre, aunque aún joven, tiene el cuerpo envejecido por haber subsistido desde adolescente en contextos de encierro. Ella sonríe con los ojos humedecidos y aunque las lágrimas no corren por sus mejillas repite constantemente “no soporto el olor a libertad”.

A la noche cuando las luces se apagan, las celdas se cierran y llega la hora de dormir, el pequeño va hacia la ventana cubierta de barrotes y comienza a volar dando rienda suelta a su imaginación. Sus pensamientos traspasan esas paredes que siempre lo cercaron.

Rodrigo, a quien la vida le ha negado casi todo, espera impaciente el día siguiente cuando su maestra preferida del jardín le traerá un trozo de libertad. El destino del que nunca fue niño se ha cumplido y así seguirá transcurriendo el castigo del inocente.