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Nunca probé el cigarrillo. Estaba en mi entorno: dentro de mi casa, en el ritual de las vecinas del barrio que se juntaban a fumar un pucho después del almuerzo; más tarde también estuvo en el colegio y en las salidas con amigas. Pero nunca probé el cigarrillo.

Ni por superioridad moral, ni por razones de salud. No probé el cigarrillo, por miedo

No me hizo falta leer los artículos científicos que se animaban a revelar el efecto adictivo de la nicotina. Me bastó con ver los múltiples intentos fallidos de mi mamá por dejar de fumar, sin ningún resultado. Y como mi mamá, otras tantas. Sus estrategias eran más o menos las mismas: comprar chicles sin azúcar, tomar mucha agua y mucho mate; por cada vez que tuvieran ganas de fumar, comerían una mandarina. Cuando veían que no lo lograban, planeaban dejar de fumar en grupo, en esa seguridad difícil de explicar que a las mujeres nos genera el hacer cosas en compañía de otras. A veces, incluso, hacían promesas que cumplían sólo por un tiempo. Esfuerzos de una logística casera, que difícilmente podía hacer frente a las estrategias industriales de una maquinaria tan poderosa.

Nunca probé el cigarrillo. Y además, tengo la suerte de vivir en una época en la que si voy a un bar, la gente ya no fuma adentro. Tampoco en el trabajo. Si nos juntamos en un departamento, ya nadie pregunta, se fuma afuera.

Nunca probé el cigarrillo. Pero mi mamá sí lo probó. A los 13, que según las estadísticas, es la edad de inicio en el consumo de tabaco. El primer cigarrillo entra en los pulmones como entran las cosas a esa edad, aspirando a ser alguien, por vía de lo prohibido y sin demasiada conciencia sobre los riesgos a los que nos estamos exponiendo. En ese primer cigarrillo la industria hoy resiste y se reinventa .

La nueva apuesta son los cigarrillos saborizados. Cigarrillos con gusto a golosina, chocolate, uva o mentolados; con nombres cool: purple mint, fusion, ice blast o fresh. Porque hay algo en lo que fumadores y fumadoras coinciden: antes de serlo, pasaron por un primer cigarrillo, que fue horrible. La industria busca con estas nuevas versiones disfrazar al tabaco de sabores conocidos por niños, niñas y adolescentes. Hacer que el pasaje entre lo dulce y lo áspero no sea tan brusco. Cautivar paladares vírgenes.

Nunca probé el cigarrillo. No lo probé a los 13 y las estadísticas dicen que hay muchas menos probabilidades que lo pruebe ahora, a mis 30. Esas mismas estadísticas son las que exigen que se regulen y controlen las estrategias de marketing de las empresas tabacaleras, y las que nos cargan como sociedad con la enorme responsabilidad de hacer algo para proteger a la niñez y la adolescencia de este flagelo.

Proteger a la niñez y la adolescencia no sólo de la nicotina, sino también de las construcciones simbólicas que asocian actos nocivos como el fumar, con conceptos como la felicidad, el éxito o la libertad. Protegerlas generando otros discursos, resignificando valores y creando espacios para el pensamiento crítico y las decisiones informadas.


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