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La última dictadura militar y su perversa maquinaria de terror no sólo dejó 30.400 personas desaparecidas. A su paso, imprimió en la sociedad un miedo de esos que hiela la sangre, un miedo que quitó aquello que nos hace seres humanos/as según Aristóteles: la capacidad confiar y de relacionarnos con los/as demás. Negó la posibilidad de ser libres y comprometidos/as, de ser sueños y realidad, negó la posibilidad de ser y gozar de los cuerpos libremente.

Acorde al proyecto de la última dictadura cívico, eclesiástica y militar, que pretendía imponer el “modelo occidental y cristiano”, se puso en marcha una metodología del terror que permeó las prácticas cotidianas de todas las personas y buscó “poner a cada uno/a en su lugar”: someter a una juventud movilizada y politizada a la autoridad conservadora de las/os adultas/os, a los/as docentes reubicarlos/as como figuras de poder por encima de los/as estudiantes y en las familias recuperar el modelo patriarcal y la división sexual del trabajo.

Para la dictadura y para todos los sectores que la apoyaron, el “toletole” de los años anteriores debía ser ordenado, y para eso, el perfeccionamiento de las técnicas más macabras de disciplinamiento social buscaron modificar las conductas a través del miedo, y así restablecer las jerarquías basadas en un sistema de dominación heteropatriarcal, misógino, sexista y binomial.

Quien osara cuestionar este orden se convertía automáticamente en un/ enemigo/a subversivo/a, con características tan amplias y difusas que transformaba a toda aquella persona que no adscribiera fervientemente al régimen en posible víctima del terrorismo de Estado. En ese contexto, habitar los espacios universitarios, se volvía particularmente peligroso siendo mujer, activista, libre y disidente, ya que entraba en contradicción con un modelo de mujer cuidadora de su familia, amorosa, femenina y ama de casa que pretendía imponer el régimen dictatorial.

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Foto tomada por Jimmy Chan de Pexels

La vigilancia hecha carne, la sensación de asfixia y de constante persecución que imprimía un régimen carcelario y una sociedad cómplice, colocó a muchas mujeres en una situación de extrema y desesperante vulnerabilidad. Dejar de ser, ante la imposibilidad de ser lo que eran, fue, para muchas, la única salida posible.

De la euforia de lo ganado a la angustia de lo perdido

Los cortos años de grandes conquistas fueron suficientes para aumentar las esperanzas de una sociedad movilizada y revolucionaria que vio concretados muchos de sus sueños. Desde la asunción de Héctor Cámpora y hasta la muerte de Perón inclusive, los sectores que habían luchado por la libertad y un mundo más justo, sentían que habían tocado el cielo con las manos. Aunque las decepciones no tardaron en llegar.

En Córdoba, la derecha más recalcitrante dio su primer golpe tempranamente, en febrero de 1974 y, al año siguiente tras la muerte de Perón, la UNC fue intervenida. De esta manera, se trasladó al ámbito universitario la persecución, “depuración y limpieza” ideológica que ya se estaba ensayando (y sería una práctica sistemática desde 1976) a nivel nacional en todos los ámbitos de la sociedad.

Fotografías de Martha Cecilia Paulone Stechina, egresada de la Escuela de Servicio Social y secuestrada el 28 de mayo de 1976.

Aquéllos/as universitarios/as que habían participado en los momentos de auge del activismo y politización dentro y fuera de los claustros universitarios vivieron la última dictadura, y los años previos a ésta, como la pérdida de una parte importante de sus vidas y de su propia identidad. Lo que antes los/as había colocado como protagonistas del cambio, durante la dictadura fue lo que los/as condenó.

El temor a correr la misma suerte que aquellas víctimas del terrorismo de Estado, forzó a muchos/as miembros/as de la comunidad universitaria a abandonar los claustros para resguardar sus propias vidas.

La adaptación a los mandatos de la dictadura se había convertido en un mandato de supervivencia. La invisibilización, como estrategia y estilo de vida, a causa del miedo sofocante, consistía en perderse de la mira del terrorismo, transformar-su-ser para ser lo que se debía ser según la dictadura y abandonar todo aquello que los/as vinculaba a su pasado activista.

Para algunas personas, esto significó inventarse una historia distinta, olvidar nombres, rostros, lugares y todo lo que las relacionara con su pasado, por temor a que las incriminara a ellas o a su entorno. Para otras, fue perderse y camuflarse entre las multitudes de las grandes ciudades, en una nueva facultad, cambiar el lugar de residencia, vender el auto y usar otros medios de transporte, cambiar de trabajo, de amistades, refugiarse en la soledad y en el estrecho círculo familiar, privatizar la vida y constituirse como individuos apartados de toda discusión político-ideológica, debate u opinión que cuestionara al régimen.

El terrorismo de Estado logró así su cometido y la vigilancia permanente por parte de la misma sociedad se hizo cuerpo, convirtiéndose así en una prisión propia.

Las condenadas

La historia de las mujeres universitarias de los años ´60 y ´70, es la historia de conquistas y pérdidas. En los años ´60 y hasta mediados de los ´70, las mujeres, y en particular las jóvenes, experimentaron una mayor libertad individual y empoderamiento a partir de la ruptura con tabúes como el sexo, conduciendo a una verdadera revolución moral. Entre la dictadura de la Revolución Argentina liderada por Onganía y la primavera camporista, las mujeres, en actos cotidianos de valentía, resistencia y de esperanza alimentados en la existencia de cambios reales, comenzaron a tratar temas como la libertad y el placer sexual.

El boom del psicoanálisis, la píldora anticonceptiva y la minifalda fueron símbolos de esa liberación de la juventud y en particular de las mujeres ansiosas por satisfacer sus propios deseos largamente postergados y reprimidos. No menos significativo fue que en la Universidad Nacional de Córdoba las mujeres quintuplicaron, en 10 años (1964-1974), la cantidad de ingresantes.

Todo cambió desde el Navarrazo, cuando comenzó una escalada represiva y la pérdida de las libertades conquistadas. Desde entonces, con creciente y feroz intensidad, el pavor contaminó el día a día de estas mujeres, quienes no solo debieron reprimir u ocultar nuevamente sus deseos, sino dejar de ser esas mujeres que eran y soñaban ser.

Las que supieron evadir el peligro inminente de dejar de existir, lo hicieron a costa de mucho. La adaptación para sobrevivir, dentro de un país donde la maquinaria del terror estaba minuciosamente organizada y planificada, implicó la asunción de nuevos roles socialmente aceptados por el régimen.

La resistencia en los resquicios del terror

En un contexto autoritario se reforzó y se permitió el empleo de diversas formas de violencia con el fin de reponer la dominación sexual y de género de las mujeres por parte de los varones. Esto se vió en diferentes planos: en la definición de espacios y tiempos en la vida cotidiana, en las conductas esperables, expectativas de vida, deseos, prácticas y pensamientos, que disciplinaron y sometieron a los cuerpos e identidades femeninas y feminizadas imponiendo un ideal de sujeto/a, enmarcado/a dentro de lo permitido y lo prohibido.  

Este sistema binario, dice Flavia Delmas (2016) en su artículo “La Dictadura en clave de género, Tram[p]as de la comunicación y la cultura”, se trasladó a la representación que se hizo de las mujeres. Por un lado, estaban las militantes, mujeres sexualmente libres y activas, malas madres, malas esposas, malas amas de casa, apasionadas y prostitutas. Por el otro, estaban las mujeres que, desde un modelo extremadamente conservador y represivo, fundamentado desde la moral católica, sustentó un ideal de mujer maternizada, despolitizada, fiel y monogámica, heteronormada, reducida al plano de lo privado y a las tareas reproductivas y de cuidado y siempre sometida a la dominación masculina.

Dentro de este imaginario impuesto y reproducido a través de todas las violencias posibles, potenciadas por estar habilitadas y legitimadas, la respuesta de aquellas mujeres, que en otro momento habían sido universitarias, activistas, intelectuales y libres, fue moldearse según ese ideal que antes supieron desafiar. Una estudiante y otra docente de la FFyH recuerdan haber sufrido y reproducido este encorsetamiento de género:

“Mi marido salía a trabajar y yo me quedaba en casa con los chicos, planchando, lavando, feliz de estar viva”.¹

“En la vida cotidiana, una salía a la calle vestida de señora por si las moscas. Yo durante diez años no me puse un vaquero para salir a la calle”. ²

En este sentido, el discurso militar impuso roles y estereotipos tradicionales y retrógrados a las mujeres a través de la violencia simbólica, donde los medios de comunicación y la educación jugaron un papel estratégico, y a través del autoritarismo y vigilancia social que “ubicaron” a las mujeres donde “debían estar”. D´Antonio (2011), en su artículo “Políticas de desarticulación de la subjetividad sexual y de género practicadas en la cárcel de villa devoto durante la última dictadura militar argentina”, nos cuenta sobre las “irrecuperables”, consideradas así por el régimen y sobre las cuales recayó la más brutal violencia política: el terrorismo de Estado. Ellas fueron secuestradas, abusadas, violadas, patologizadas y denigradas por su condición de mujeres que se había atrevido a desafiar los roles de género esperables y, por lo tanto, eran más peligrosas y subversivas que los varones.

Como mujeres debían obedecer, sin importar lo libres que habían sido. El miedo a perder la vida o la de las personas de su entorno, marcó el terror sobre sus cuerpos. Sobrevivieron anestesiadas, agradecidas y culpables por no haber muerto como otras. Sobrevivir fue, para muchas universitarias, abandonar los claustros. Para otras, fue seguir yendo y actuar un rol que les había sido impuesto. Pero fue allí donde estuvo su resistencia: en la supervivencia.

Para conocer los rostros y trayectorias de universitarios/as de la UNC desaparecidos/as durante la última dictadura militar, se recomienda el proyecto Cobijados por la memoria de la Secretaría de Extensión de la UNC. Este proyecto le pone rostro a estudiantes, docentes y no docentes desaparecidos durante la última dictadura militar.

 

Fuentes

  • Britos, N. y Paviolo, M. (Ed.) (2014). Los dolores que nos quedan son los compañeros que nos faltan. Informe sobre personas desaparecidas o asesinadas ligadas a la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Córdoba. [Imágen]. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba.
  • ¹ Entrevista realizada a una estudiante de Historia.
  • ² Entrevista realizada a una docente en Sociología del Arte e Historia Moderna.

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