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“(…)Si la naturaleza fuera banco, ya la habrían salvado”.
Los hijos de los días. Eduardo Galeano.

El paradigma de producción de alimentos dominante, dependiente del uso intensivo de pesticidas y fertilizantes, acarrea daños ambientales y en la salud de las personas. Tal como analizamos previamente, la forma actual de producir alimentos ignora derechos humanos fundamentales. La presencia de agroquímicos en alimentos, y el desarrollo de afecciones en la salud de las comunidades “fumigadas” constituyen algunas de las consecuencias de aquel paradigma. 

Sin embargo, a tales impactos se le adicionan graves problemas ecológicos, tales como el desmonte, la pérdida de biodiversidad, la desertificación y erosión de suelos; consecuencias sociales como la concentración de tierras (las más de las veces en manos extranjeras), la desaparición de actores de la agricultura familiar, campesina e indígena y la pérdida de sus valores e identidades culturales, la explotación laboral. Estos impactos afectan gravemente el goce de derechos humanos a escala masiva y con mayor intensidad en aquellos sectores en situación de vulnerabilidad, socavando la potencial soberanía alimentaria, y profundizando la inequidad y desigualdad.

Ese modelo de producción no resulta sustentable, ni desde el punto de vista eco ambiental, ni desde el punto de vista cultural, político, económico, o social. Sin embargo, los derechos de exportación, debido a los precios internacionales, resultan un gran atractivo para el Estado pues constituyen una parte considerable de sus ingresos.  

Podemos preguntarnos entonces si existen alternativas, si se pueden producir alimentos mediante una agricultura sustentable. Hoy en día diversos actores sociales implementan y promueven un paradigma alternativo, denominado modelo de producción agroecológica, entendido este como un conjunto de prácticas agrícolas cuyos impactos, por el contrario al paradigma dominante, resultan sustentables desde las dimensiones aludidas. 

En líneas generales, la agroecología se asienta sobre 10 elementos relacionados e interdependientes según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Estos son: la diversidad de los sistemas de producción; el intercambio y creación conjunta de conocimientos; sinergias entre los diversos componentes del sistema productivo; eficiencia en la utilización de los recursos; reciclado mediante el apoyo de procesos biológicos; resiliencia ecológica, social y económica; valor humano y social -dignidad, equidad, inclusión y justicia-; puesta en valor del patrimonio cultural alimentario y productivo; gobernanza responsable, transparente e inclusivo-acceso a la tierra y recursos-; economía circular y solidaria con prioridad en los mercados locales y con desarrollo territorial.  

En similar sentido, en el Informe sobre el derecho a la alimentación elaborado por el Relator Especial del Consejo de Derechos Humanos, Olivier De Schutter en el año 2010, remarcó las virtudes de la agroecología. Así, sostuvo que la adopción de tal sistema aumenta la productividad sobre el terreno; reduce la pobreza rural con un efecto multiplicador que conlleva la creación de empleo y el aumento de los ingresos; contribuye a mejorar la nutrición -además de garantizar una mayor seguridad alimentaria-; y permite la adaptación y resiliencia de los sistemas en torno a los efectos del cambio climático. 

En nuestra provincia existen experiencias que fortalecen y ponen en práctica estos sistemas de producción agroecológica. Aun cuando estos no cuentan con políticas públicas por parte de las diferentes órbitas estatales (nacional, provincial y municipal) que brinden un respaldo o incentivo, se han consolidado como espacios referentes de encuentro para quienes por propia iniciativa, optan por este modelo de producción. Las ferias agroecológicas de la ciudad de Córdoba y de la ciudad de Río Ceballos, son dos ejemplos de ello.  

Valentina Serantes, integrante de una de las Comisiones que conforman la estructura organizativa de la feria agroecológica de Rio Ceballos, nos comenta que este espacio funciona como un lugar abierto a cualquier persona que quiera ofrecer sus productos al público, siempre y cuando su producción cumpla con ciertos estándares de admisión. La feria, nos dice, posee diversas comisiones que se encargan de evaluar las diferentes clases de productos que pretenden ser incorporados a la misma o de cuestiones organizativas tales como la comunicación institucional.  A este espacio confluyen productores y productoras locales y de la zona de Sierras Chicas como así, también, comunidades de migrantes que aportan sus prácticas agrícolas tradicionales, acervo cultural que se plasma en la dinámica de la feria. 

Dentro de su funcionamiento, esta feria cuenta con un fondo “comunitario” conformado por aportes de los y las feriantes, el cual es utilizado para apoyar e incentivar a quienes pretendan producir bajo los estándares de la agroecología. Este espacio, si bien no cuenta con personería jurídica aún, se encuentra en el proceso de obtenerla. Esto, nos dice Valentina, permitiría el acceso de quienes hoy en día, quizás por ciertas barreras, no pueden acceder a productos agroecológicos, por ejemplo, posibilitando la  compra mediante el uso de la tarjeta “alimentar”. 

Este, como otros ejemplos, dan cuenta de la importancia que pueden revestir estas iniciativas como puntos de partida y referencias a seguir o mejorar. Asimismo, demuestran la necesidad de adoptar políticas públicas que permitan, entre otras cosas, facilitar el crecimiento de este tipo de espacios, replicarlos en otros sectores geográficos, ampliar el acceso al consumo de los productos a sectores postergados, promover el incremento de emprendimientos de producción agroecológica, con los consecuentes beneficios socio-ambientales que ello acarrea.

Si bien existen normativas y políticas tendientes a la adopción de buenas prácticas, de control de fumigaciones, zonas de resguardo ambiental, estas se centran principalmente en la consecuencia del modelo, más no abordan el problema subyacente, vale decir, la causa de tales consecuencias. 

Podemos mencionar, algunos ejemplos que cercanamente se vinculan a este tipo de producción. Así, a nivel nacional contamos con la Ley de Reparación Histórica a la Agricultura Familiar para la Construcción de una nueva ruralidad en la Argentina N° 27.118, que entre sus objetivos procura contribuir a la soberanía y seguridad alimentaria, fomentar la biodiversidad y el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales, valorar la función económica, ambiental, social y cultural de las diferentes manifestaciones de la agricultura nacional; objetivos que se centran en la estructura de agricultura familiar, campesina e indígena. La provincia de Córdoba ha adherido a esta ley, aunque las políticas públicas concretas resultan insuficientes cuando no inexistentes. 

Por su parte, existen municipios que promueven mediante ordenanzas la producción agroecológica. Un caso paradigmático es el de la ciudad de Colonia Caroya, que fue la primera ciudad de la República en sancionar una ordenanza (N° 1911/15) que declara el interés municipal en este tipo de producción, a la vez que determina áreas destinadas a tal fin, regula mecanismos de certificación, reducciones e incentivos tributarios, entre otras medidas.  Recientemente, en reconocimiento a tales esfuerzos (tanto del sector público como privado) la diputada nacional Gabriela Estévez, presentó un proyecto de ley nacional que busca declarar a esta ciudad como la “Capital Nacional de la Agroecología”.

Recientemente, en el marco del Ministerio de Agricultura de la Nación, se creó la Dirección de Agroecología tendiente a promover el desarrollo de este tipo de producción. Políticas como esta última, aun cuando tan sólo constituyan el germen para un futuro cambio de paradigma, resultan fundamentales para dar inicio y revertir la vulneración sistemática y colectiva de derechos humanos que el modelo de producción agrícola imperante conlleva, y cuya inexistente sustentabilidad pone en riesgo las condiciones ambientales necesarias para cualquier tipo de existencia. 


Fuentes

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