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A diferencia de algunos sectores de la economía, durante la pandemia los cuidados no cesaron, sino todo lo contrario. Pero, ¿quiénes son las personas responsables de estos cuidados? Dentro de los hogares y fuera de ellos, en su mayoría, son las mujeres. La crisis sociosanitaria plantea un nuevo escenario para mostrar la importancia de los cuidados y la necesidad de delinear formas más justas en su organización y distribución.

La desigualdad en las trincheras: las cuidadoras que sostienen la vida

La crítica coyuntura que estamos viviendo presiona sobre los cuidados y sobre quienes cuidan. Hay docentes educando a través de la virtualidad y madres sosteniendo las aulas “domésticas”; enfermeras y personal de limpieza en hospitales y están aquellas que atienden comedores y merenderos. Y no es casual que estos trabajos sean gratuitos o estén mal remunerados y precarizados

Los trabajos de cuidados, ya sean remunerados o no, están feminizados: Según el INDEC, son las enfermeras, limpiadoras de centros de salud, trabajadoras de casas particulares, docentes, trabajadoras comunitarias, madres, abuelas, tías e hijas quienes realizan mayoritariamente estas tareas. Pero las medidas relacionadas al Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio tuvieron graves implicancias sobre los arreglos de cuidados no remunerados en los hogares: sin clases ni guarderías, las mujeres deben atender esta mayor demanda de cuidado sin la posibilidad de externar cuidados por la cuarentena. 

“Quedarse en casa” ha significado para muchos varones, ver y reconocer la carga que implican las tareas domésticas y de cuidados. Pero para la mayoría de las mujeres trajo consigo un incremento de trabajo de esta invisibilizada jornada laboral de los hogares. 

Según las encuestas realizadas por Grow Género y Trabajo, los varones incrementaron su participación en algunas de las labores domésticas, como salir a hacer las compras, mientras que las mujeres son las principales responsables de limpiar, acompañar en las tareas, cocinar y cuidar a niños/as.

Durante los primeros dos meses de cuarentena, las mujeres han dedicado a las tareas domésticas y de cuidado no remuneradas un promedio de 10.4 horas por día, mientras que los varones, 7 horas. Esto repercute en una distribución inequitativa de los tiempos, afectando la disponibilidad de las mujeres para realizar otras actividades como el trabajo remunerado, el ocio y el entretenimiento. Las brechas se amplían en hogares monomarentales donde los días para las mujeres responsables de los cuidados de los integrantes de la familia, necesitan de 35 horas diarias para realizar todos los trabajos que tienen a su cargo.

Estos datos revelan una división y distribución desigual e injusta de estos trabajos según género que ya existía antes de la pandemia. De hecho, es parte de un contrato social que sentó las bases de nuestras sociedades modernas, pero en el que las mujeres no tuvieron voz ni mucho menos voto. 

Los paros internacionales de mujeres han sido una forma de visibilizar la cantidad de tiempo, esfuerzos y costos para su autonomía que implican estos trabajos para ellas. ¿Qué sería de nuestras vidas si las mujeres dejaran de cuidar? 

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Las brechas no sólo son de género sino de clase

La crisis biológica-sanitaria y de cuidados que estamos viviendo, profundizan las desigualdades socioeconómicas y de género preexistentes. Ningún virus discrimina, pero las condiciones para hacerle frente, sí. Todas las personas estamos expuestas al contagio, pero no todas lo podemos prevenir de la misma manera. Los sistemas de salud presentan diferencias según cada país, incluso dentro de las ciudades. No es la misma realidad que se vive en barrios residenciales que en los barrios populares. Las condiciones de vida y el nivel de exposición son diferentes y el riesgo aumenta en estos últimos dada la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran. En este marco, cada persona tiene acceso diferenciado a derechos como el “derecho a la cuarentena”. 

Para las mujeres de los estratos más pobres, desempleadas o que llevan el plato de comida a costa de trabajos precarizados e informales, la situación ha sido aún más desfavorable. 

El trabajo de changas no otorga licencias remuneradas. El trabajo doméstico, pese a la normativa y a las disposiciones estatales, presenta las tasas más altas de informalidad y son conocidos los casos en los que los hogares empleadores han violado el derecho a la cuarentena de estas trabajadoras. No tienen el privilegio de hacer cuarentena. 

Sin embargo, es allí donde se encuentran las trincheras, los frentes de vanguardia, en las que todos los días la disputa entre la vida y la muerte es algo cotidiano. Allí no es chiste la lucha por la vida. Pero también es allí donde se desarrollan otras economías, sin fines de lucro, fundadas en la solidaridad, justicia, horizontalidad, cooperación, equidad y el buen con-vivir. Son las economías sociales, comunitarias, populares, solidarias y feministas, poderosas para sostener la vida de quienes habitan en los márgenes cuando prima la escasez, el abandono y la crisis. Es allí donde las redes solidarias de cuidados han sido la única salida ante las políticas de aislamiento que poco atienden a sus realidades. 

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Los cuidados como respuesta frente al conflicto capital y vida

Los cuidados son algo fundamental para nuestra propia existencia pero, pese a eso, carecen del valor social, simbólico y económico que merecen. Sin embargo, el COVID-19 puso en evidencia algo que se viene planteando desde hace varias décadas por la Economía Feminista: somos vulnerables, dependemos de otras personas y de la naturaleza y, por lo tanto, todas las personas tenemos la necesidad de cuidados a lo largo de nuestro ciclo vital para poder sobrevivir. 

Las heterogéneas medidas adoptadas por los países alrededor del mundo en torno a esta enfermedad, han reflejado distintas posturas respecto a algo más amplio que se entiende como el conflicto entre capital y vida: ¿qué se debe priorizar en una crisis biológica y sanitaria de esta magnitud?, ¿la vida o los mercados?

El capitalismo se basa en la expansión y acumulación ilimitada de beneficios, en detrimento de las vidas humana y no humanas. Esto no es más que un círculo vicioso en el que se desarticulan y corroen los procesos de reproducción social. Al poner en el centro los mercados y las ganancias, se prioriza sólo una parte de la economía y se desvaloriza todo aquello que queda por fuera y permite que este sistema se reproduzca: la vida y los cuidados que la sostienen.

Para el capitalismo algo tan necesario para su propia existencia como lo es la reproducción social, se encuentra subyugada y oculta tras las sombras del mercado y el afán de lucro. Pero esta invisibilización no es casual, sino que es la forma que tiene el sistema capitalista y patriarcal para evadir los “costos” de la reproducción social, a costa del trabajo gratuito y/o precarizado de gran parte de las mujeres de todo el planeta.

Hacia un nuevo contrato de género pospandémico

El mundo en el que vivimos, que se rige en gran medida bajo los términos capitalistas y patriarcales, los cuidados son un factor de desigualdad porque están distribuidos de forma desigual responsabilizando en gran medida a las mujeres de esta tarea al vincular su existencia con la maternidad y a ésta con el amor. Los cuidados están desvalorizados e invisibilizados. Se los considera un tema que debería resolver la familia, de forma privada y como pueda, incrementando aún más las brechas socioeconómicas y de género. Sin embargo, sin cuidados, no hay vida. 

Estamos viviendo una crisis, que la debemos convertir en una oportunidad para repensar y redefinir prioridades. Es clave pensar una distribución más justa y equitativa de las responsabilidades de cuidados desde una perspectiva de género y de derechos. Debemos pensar en colectivizar los cuidados, para romper con la lógica individualista que les quita oportunidades a las mujeres y oculta las desigualdades de género y clase que atraviesan estos trabajos. Hay que cuestionar el mandato que recae sobre las mujeres como cuidadoras abnegadas para comenzar a implicar a todos los géneros y actores sociales. Debemos entender que el cuidado es un derecho que no debe estar ligado a la condición de trabajador/a formal, sino que debe ser universal, y como tal, una responsabilidad del estado y de la sociedad toda.

La matriz capitalista y patriarcal que digita nuestras vidas debe redefinirse pues ya es insostenible: el capital no debe imponerse a la vida, sino que esta contienda debe resolverse a favor de la sostenibilidad de la vida y de los cuidados que la hacen posible.

Ante este panorama, la única respuesta es, o debería ser, evidente para quienes habitamos este mundo: los cuidados son una carta clave con la que se juega la reproducción de la vida humana y no humana y, por lo tanto, para el desarrollo de otras economías, que pongan la vida en el centro. Otras economías que existen, están por todas partes y son llevadas adelante por muchas mujeres porque se presentan como alternativas a una economía que las explota y expulsa: en los comedores y merenderos de los barrios populares, en las cooperativas de trabajo, en las fábricas recuperadas, en las prácticas autogestivas que resisten y proponen otras formas de producir, de trabajar, de distribuir los excedentes. En definitiva, proponen descentralizar los mercados hacia la vida y que el trabajo no sea más que una forma de sostenerla.

Pensemos en otros modos de desarrollo que reconozcan la importancia de los cuidados y construyamos un nuevo contrato de género que involucre a todos los actores sociales, para que todas las personas podamos vivir vidas que valgan la pena ser vividas. 

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