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El día Internacional de la Mujer Trabajadora es una fecha para reivindicar el rol de las mujeres en las distintas sociedades y culturas, y para denunciar las desigualdades y violencias que las oprimen. Al reclamo histórico de las mujeres cis se incorporan las reivindicaciones de travestis, trans, lesbianas, bisexuales, no binaries, intersex, y de todas las personas que han sido excuídas y violentadas por el patriarcado. Hoy se habla del Paro Internacional Plurinacional Feminista, una experiencia global pero también situada que, de la mano de diversos movimientos feministas, de disidencias y de mujeres, resignifica y abraza la huelga como estrategia de lucha.

Cada 8 de marzo las mujeres recibimos mensajes de afecto y algún ramo de flores. Nos dicen lo bellas e importantes que somos, llegando a hablar, incluso, de una especie superioridad femenina -que no es más que condescendencia machista- debido a nuestra inteligencia, fuerza y capacidad de gestar seres humanos. Desde este último determinismo biologicista hasta llegar a esa especie de adoración a la abnegación femenina que aparecen en los típicos mensajes que todas, sin excepción, vemos en los grupos de WhatsApp el 8 de marzo, evidencian el largo y extenuante recorrido que aún tenemos pendiente para eliminar las violencias de género tan arraigadas en nuestra sociedad

Por eso es clave retomar la esencia del 8M para que, quienes estén a punto de mandar un “Feliz día, sos la mujer más valiente, el ángel del hogar y el regalo más hermoso”, puedan comprender por qué no es un día para celebrar sino un día de reivindicación de la larga lucha por la igualdad de géneros. 

Si mi vida no vale, produzcan sin mí: genealogía del paro 

A comienzos de octubre de 2016, las mujeres polacas tomaron el ejemplo del primer paro nacional convocado por las islandesas en 1975 y realizaron una huelga de un día contra el proyecto de ley que penalizaba el aborto en cualquier circunstancia. A mediados de ese mes, en Argentina se organizó un paro de una hora y movilizaciones masivas por los 7 femicidios ocurridos en una semana y la violenta represión policial dirigida a quienes participaron del Encuentro Nacional de Mujeres. El colectivo Ni Una Menos, surgido un año antes, tuvo un rol protagónico en esta convocatoria, al que se sumaron las principales centrales de trabajadorxs y distintas organizaciones autoconvocadas. Esta marcha se replicó en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe. Días después, se realizó el segundo paro polaco contra las violencias y contra la indiferencia del Estado ante los reclamos de las mujeres. La masividad de este movimiento fue tan impactante que las polacas decidieron articular con movimientos de otros países para coordinar una acción de carácter global. La respuesta de organizaciones feministas y de mujeres de Argentina fue inmediata. Así, para octubre de ese año, ya se había formado el colectivo que impulsaría el Paro Internacional de Mujeres, definiendo el 25 de noviembre como la primera acción colectiva mundial y se eligió el 8 de marzo de 2017 para realizar el primer Paro Internacional de Mujeres. De esta forma se cambió no sólo el nombre que enunciaba ese día, sino la estrategia de acción política. 

Claramente no era suficiente tener un día que visibilice las reivindicaciones de los derechos de las mujeres y la urgencia de erradicar todo tipo de violencia de género. Así fue que, recurriendo a una antigua herramienta de lucha obrera, amalgamada y resignificada de forma sincrética con aquellas experiencias heredadas de las pioneras trabajadoras y sufragistas, junto a una larga tradición de movilización de diferentes colectivos de derechos humanos, mujeres y personas LGBTIQA+, el paro y la huelga fueron recuperadas colectivamente como una reinventada forma de lucha. 

Desde su surgimiento en 2016, se fue nominando de diferentes maneras: de Paro Nacional de Mujeres se pasó al Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Trans y Travestis, para llamarse hoy día Paro Internacional Feminista Plurinacional e incluso Huelga General Feminista. 

Hoy es resignificado a la luz de los efectos de la pandemia que mostró a carne viva las desigualdades y violencias que aún existen y su ampliación en un contexto de crisis sociosanitaria y económica. Por eso es importante nombrarlo con todos sus actores que lo convocan: Mujeres cis, Travestis, Trans, Lesbianas, Bisexuales, No Binaries, Gordxs, Intersex, de personas con discapacidad, con diversidad funcional y neurodivergentes, de indígenas, originarias, afroargentinas, negras y afrodescendientes trabajadoras; ocupadxs, desocupadxs, precarizadxs, piqueterxs y de la economía popular y todas las personas que han sido excuídas y violentadas por el capitalismo y el heterocispatriarcado. 

Esto da cuenta de que el Paro del 8M, es un proceso abierto, en constante construcción y reformulación, y que tiene pasado, presente y un futuro con potencia incierta. Y precisamente por eso, las demandas se renuevan y amplían, al tiempo que se sostienen reclamos de antaño que a esta altura de la historia, desearían verse resueltos.

El 8M en Argentina: masividad y radicalidad

El movimiento feminista argentino, dice Verónica Gago, se define por su masividad y radicalidad. Y en este marco, la huelga feminista del 8M, es una instancia de irrupción de fuerzas acopiadas tras décadas de preparación y de acumulación de prácticas y saberes históricos. Pero también es un momento de creación y de ruptura. Como tal, es una experiencia que resignifica las formas de ser y hacer heredadas, al tiempo que imprime una creatividad radical como vanguardia militante con toda la complejidad que revisten los movimientos de mujeres, feministas y LGBTIQA+ en el variopinto territorio latinoamericano.

Ahora bien ¿Por qué es importante el paro y la huelga feminista como estrategia? 

En cinco años, el paro y la huelga se convirtieron en herramientas capaces de impulsar de forma renovada e innovadora al movimiento feminista a nivel mundial. 

Por un lado, la huelga, produjo un giro creativo, ya que pudo transmutar la movilización contra los femicidios en un movimiento masivo y radical que cargó de sentido político a una estrategia distinta para luchar contra las violencias de género. A su vez, recuperó y resignificó saberes heredados de luchas previas, como por ejemplo, los movimientos de mujeres encarnados en la Campaña Nacional por el Derecho al aborto legal, seguro y gratuito y los Encuentros Nacionales de Mujeres, o los movimientos de derechos humanos donde se destaca el de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. También, se nutrió del largo recorrido de los movimientos de diversidades y disidencias sexogenéricas como el Frente de Liberación Homosexual y el activismo travesti, trans, intersexual y transgénero. 

Además retomó los movimientos sociales encabezados por movimientos de desocupades que irrumpieron con fuerza en los años 90 y en especial, a partir del 2001, los cuales se destacan por su feminización. 

Actualmente, se nutre de los potentes movimientos de Ni Una Menos y de los espacios y militantes que componen la “marea verde”, que han construido nuevas formas de activismo no sólo en el país, sino a nivel mundial.

Por otro lado, el paro ha sido la forma de lucha más utilizada por sectores obreros desde el proceso de proletarización. Hoy se reivindica y resignifica para hacer uno feminista, plurinacional e internacional. Se adapta al aquí y al ahora, porque implica una forma práctica de hacer política a la luz de la rica interseccionalidad que define a los feminismos en América Latina. Es tomada, hecha propia y adaptada a las reivindicaciones de diversos y heterogéneos colectivos de mujeres, feministas y de personas LGBTIQA+ situados pero globales y plurinacionales.

Por eso, tanto la huelga como el paro,  son estrategias que resultan rupturistas y atacan los cimientos de las estructuras de opresión al correr a este actor político de su esperado rol de víctima, de silenciarse bajo un número más en los datos sobre femicidios o de muertes por abortos clandestinos, de duelo eterno, silencioso y paralizador. 

En este contexto, frases como “Si un día no vuelvo, rompan todo”, “Ni Una Menos”, “Vivas, Libres y Desendeudadas nos queremos” no son simple declaratorias sino reflejos de esa potencia política que es movida por el deseo de cambio y que se cristaliza en prácticas concretas que atraviesan los cuerpos, los territorios, la vida, el trabajo, las leyes y el Estado. El dolor transmuta y se convierte en fuego que motiva la resistencia y lucha creativa expresada a través de formas de acción política heredadas de otros campos y tiempos, pero abrazadas y revalorizadas por movimientos feministas masivos y radicales.  

¿Por qué paramos? de la potencia al acto en el 8M

Es un paro productivo y reproductivo que cuestiona la división sexual del trabajo y el modelo extractivista de desarrollo. Porque la deuda es para con los cuerpos feminizados y los territorios entendidos como zonas de sacrificio. En su lugar, se propone una refundación de la economía para construir una que esté centrada en la sostenibilidad de la vida y en los cuidados que la hacen posible.

La pandemia ha dejado en evidencia y profundizado desigualdades y violencias estructurales ya existentes, poniéndonos en una disyuntiva: seguir apostando a economías de muerte que explotan los cuerpos-territorios para alimentar el voraz e insaciable apetito de quienes buscan el afán ilimitado de lucro por el lucro en sí mismo. O apostar a otras economías que construyen otras formas de organizar el trabajo, de producir, comercializar y de consumir, y que tienen como objetivo sostener las vidas de sus integrantes, de sus comunidades y de la naturaleza. Aquí, es donde el trabajo autogestivo, cooperativo, solidario tiñe los vínculos cotidianos de trabajo. Bienes comunes, espacios democráticos de discusión y de decisión, distribución justa e igualitaria de excedentes, inclusión y diversidad, y respeto por los tiempos de cuidado, son características que dan cuenta de que otra economía existe y es posible. 

Es un día clave en el que las estrategias de paro y huelga apuntan a repudiar todos los procesos de empobrecimiento y de saqueo de la vida humana -en especial de las feminidades- y no humana, llevados adelante por el capitalismo heterocispatriarcal. Un día de paro, evidencia la importancia de estos trabajos domésticos y de cuidado no remunerados o precarizados realizados mayoritariamente por feminidades. Los saca de las sombras, hace sentir ese 16% del PBI al que aportan y los pone en el centro de la discusión y plantea la necesidad urgente de refundar la economía como una centrada en la sostenibilidad de la vida humana y no humana y de los cuidados que la hacen posible. 

Es un paro que reconoce las conquistas de los movimientos feministas, como el derecho a la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Pero que también denuncia los obstáculos presentes para el acceso a ese derecho. Por lo tanto, reivindica el ejercicio de la soberanía sobre nuestros cuerpos, el derecho a decidir y a ser partícipes en la construcción de nuestras vidas y destinos. 

Es un paro que grita, desde la desesperación, angustia y dolor: ¡Ni Una Menos: basta de femicidios, transfemicidios y travesticidios! Dentro de los múltiples reclamos, el principal es el pedido de justicia para quienes murieron en manos de la violencia machista. En lo que va del 2021, en nuestro país ya ocurrieron más de 60 femicidios

Uno de los casos que más resuenan este año es el de Úrsula Bahillo, una joven de la localidad de Rojas que fue asesinada a puñaladas por su exnovio policía a pesar de haber realizado múltiples denuncias. Su caso vuelve a mostrar el entramado detrás de las fuerzas de seguridad que no responden a estas situaciones y un poder judicial ineficiente. Por eso, se profundiza el reclamo por políticas públicas que enfrenten verdaderamente la violencia machista y por una justicia que actúe con celeridad y de manera efectiva. Es urgente una verdadera reforma judicial feminista. Hace falta recuperar la voz de las denunciantes en cada caso, sin revictimizar, y contar con un poder judicial que llegue a tiempo, con capacidad para prevenir los delitos que tantas veces son denunciados y desoídos. 

Derrumbando el patriarcado

¿Alcanza el 8 de marzo para tambalear un poco las estructuras de opresión? Claro que no, pero lo que deja en evidencia todo el recorrido que se ha hecho en estas líneas, es que lo que condensa el 8M está lejos de ser una simple efeméride. Pone de manifiesto experiencias de luchas pasadas, que se reconfiguran y resignifican al calor de nuevos actores y actrices que aportan ricos matices que permiten ampliar, complejizar y calar cada vez más hondo en las críticas al sistema y a las reivindicaciones. Son aportes que se nutren desde la interseccionalidad, desde el aquí y el ahora, pero con miras a un futuro que puede ser mejor. La potencia incierta de estos movimientos dejan la puerta abierta a la posibilidad de cambio, no sin obstáculos e incluso, retrocesos. Pero la sabia convicción de quienes ya han transitado antes por estos caminos nos informan, desde teorías y praxis situadas pero también globales, que aún hay esperanza.

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Nota publicada en La Voz

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